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Una entrega sincera y generosa es la muestra de amor más grande que una persona le pueda dar a otra. Tal vez a las personas y a los cristianos se nos ha olvido el verdadero significado del amor. Lo hemos reducido a al recibir. Hemos obviado que el amor, al mismo tiempo que es recibir, acoger, aceptar, también es dar, donar, regalar, entregar, compartir. Incluso hemos convertido el recibir en una exigencia. Siempre estamos pidiendo, necesitando aquello que no es importante y tampoco es lo central.

 

Como cristianos afirmamos que nuestra fe surge de la experiencia, del encuentro con un Dios que nos ha amado hasta el extremo. Así lo leemos en la biblia: “Y tanto amó Dios el mundo que dio a su único hijo para que todo el que crea en él tenga vida eterna” (Juan 3, 16). Sin embargo, no hemos aprendido a amar como Dios. Alguna vez escuché una corta historia que pretendía explicar cómo debería ser nuestro amor.

 

Un día, un hombre sabio y piadoso clamo al cielo por una respuesta. El hombre aquel encabezaba un grupo de misioneros que oraban por la paz del mundo, para lograr que las fronteras no existieran y que toda la gente viviera feliz. La pregunta que hacían era: ¿Cuál es la clave Señor, para que el mundo viva en armonía?

 

*Entonces, los cielos se abrieron y después de un magnifico estruendo, la voz de Dios les dijo: Comodidad.

 

Todos los misioneros se veían entre sí, sorprendidos y extrañados de escuchar tal término de la propia voz de Dios. El hombre sabio y piadoso pregunto de nuevo: ¿Comodidad Señor? ¿qué quieres decir con eso?

 

Dios respondió: La clave para un mundo pleno es: Como- di- dad. Es decir, así como yo les di, dad vosotros a vuestros prójimos.

 

Como di, dad vosotros fe;

Como di, dad vosotros esperanza;

Como di, dad vosotros caridad;

Como di, sin límites, sin pensar en nada más que dar, dad vosotros al mundo...

y el mundo, será un paraíso.

 

Tal vez nos falta aprender a dar a los demás tal como Dios nos ha dado a nosotros. Y es que no somos conscientes de todo aquello que nos ha dado Dios.

 

En una sencilla actividad con un grupo de niños del grado 5° participantes del MRC pude escuchar una razón de porque no hemos aprendido a amar y a entregarnos a los demás: nos falta aprender a recibir. Para recibir también debemos ser capaces de salir de nosotros mismos y ver el valor que tiene el otro y la riqueza de lo que nos puede aportar.

 

Tal vez lo que el otro nos ofrezca no es lo que nosotros necesitamos o queremos, pero sin embargo puede hacer en nosotros una obra maravillosa transformando nuestra vida.

Si aprendiéramos a recibir todo lo que el otro nos da, sin importar qué y cómo es, seríamos capaces de amar a todos y entregarnos sin límites.

 

 

 

 

 

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