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Recuerdo con gran cariño y aprecio a cada uno de mis profesores y profesoras del colegio, a quienes les agradezco inmensamente por la huella que han dejado en mí vida y, de una manera especial, por la pasión que despertaron en mi hacia la enseñanza, ese hermoso arte que se cultiva, se aprende y se vive.

 

Desde muy pequeño, sentía un gran gusto por enseñar, por ser profesor, y entre los juegos que practicaba con mis primos –mis grandes amigos de la infancia– recuerdo el de jugar a la “escuelita”; yo era quien siempre hacia el papel de profesor y ellos –mis primos– eran mis alumnos. Pero fue un suceso que aconteció un año después de haber terminado el colegio, el que marcó para siempre mi vida, mi vocación y el rumbo que a partir de allí tomé.

 

Una vez que terminé el colegio, quise tomarme un tiempo especial para discernir mi vocación con los “Hermanos Corazonistas”, mis educadores, ingresando al Postulantado. Pasado un año, decidí abandonar el proceso. Algunos meses después, ante algunas dudas y contradicciones que latían fuerte en mi corazón, quise regresar a hablar con uno de los Hermanos. Recuerdo muy bien que me atendió el Hermano Mauricio, quien había sido mi tutor en Once y mi rector.

 

Tras exponerle al Hermano Mauricio mis inquietudes, él me hizo una propuesta que consistía en que durante un mes reemplazara a un Hermano en sus clases de matemáticas en los grados Sexto, Séptimo y Noveno debido a su enfermedad. Confieso que, en principio, sentí algo de miedo e, incluso, estuve tentado a decir inmediatamente ¡no! Pero tras pensarlo un poco y ver la situación de confusión en que me encontraba le dije ¡sí!

 

Unos pocos días después, caminaba por los pasillos de aquel que había sido mi colegio con una bata blanca, con unos libros de aritmética en la mano y con unas escuadras. Mis profesores del colegio se habían convertido en mis colegas y los alumnos, que ahora eran “mis alumnos”, me llamaban “profe”.

Antes de entrar a cada clase, preparaba muy bien lo que iba a decir e, incluso, desarrollaba con anterioridad todos los ejercicios matemáticos que iba a explicar o que iba a dejar como tarea a mis alumnos pues, confieso que, tenía miedo de que me preguntaran y yo no supiera responder. Me esforzaba muchísimo en ello y me quedaba hasta altas horas de la noche seleccionando los contenidos de las clases y estudiando.

 

No fue una experiencia fácil. El primer obstáculo con el que me encontré fue con la indisciplina; me costaba muchísimo captar la atención de mis alumnos, algo indispensable para una buena clase y, más aun, para una clase de matemáticas. En una ocasión, recuerdo que, en Séptimo grado, llegué a indisponerme tanto ante la falta de disciplina de mis alumnos que tomé los libros que tenía sobre el escritorio, los lancé fuertemente al piso y acompañé mi desesperada acción con un fuerte grito que a todos paralizó.

 

Fue, sin lugar a dudas, un gran error y las consecuencias se encargaron de reafirmarlo. Los niños, una vez que llegaron a sus casas le contaron lo sucedido a sus padres quienes indignados pidieron reunirse conmigo. Mi respuesta a sus quejas fue pedir disculpas y asumir las consecuencias de mi error, ¡qué experiencia aquella!

 

Más allá de todas las dificultades personales con que me encontré durante ese mes como “profesor”, esta experiencia me ayudó a enamorarme aún más del hermoso oficio de ser maestro y a descubrir que ello era parte de lo que siempre había estado buscando.

 

Ahora bien, amo ser maestro, me apasiona muchísimo, pero ello no tendría sentido para mí al margen de mi vocación corazonista. Ser hermano de Jesús, de mis Hermanos y de los niños y jóvenes a quienes educo, es el regalo más grande que he recibido en la vida.

 

"Subiendo a una de las barcas, que era de Simón, le rogó que se alejara un poco de tierra; y, sentándose, enseñaba desde la barca a la muchedumbre."  (Lc 5, 3)

 

 

 

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